En México, la educación intercultural y la transculturalidad miran hacia fuera. Se desarrollan en espacios específicos o programas particulares y han focalizado su orientación metodológica en el estudio de culturas específicas (o tribales), es decir, de los "otros". Veremos que utilizamos las comillas al referirnos a otros, utilizar la letra negrita para "otros"; es decir, cuando los conceptos se utilizan en sentido operacional, no para resaltar o subrayar. Utilizaremos comillas solas para conceptos y palabras en otro idioma.
En contraste, los métodos de la pedagogía actual han tratado como normativos aquellos modelos "supuestamente universales" que también parecen estar etiquetados con el calificativo de "occidentales", y sólo en tiempos bastante recientes se está hablando de pedagogía transcultural; pocos se han aventurado a explorar y dar cuenta de los procesos (creemos que de asimilación y acomodación) por los que transitamos para aprender a usar dichos métodos; como sociedad, ¿no hemos sido capaces de asimilar los modelos foráneos? Nos parece sencillo exigir, desde cualquier espacio social, el uso de estos parámetros ligados a una lógica "que permita el desarrollo de las capacidades". Así se justificaría la extrema diversidad cultural de México; resulta curioso, o absurdo, que esta inevitable diversidad se tranquilice, se silencie o se subordine a dicha lógica que algunos han denominado moral sin reparar en los circuitos que con ella se crean. Creemos que es momento de reflexionar sobre el punto de partida de toda esta argumentación; de lo que se trata es precisamente que no son impartidos por dioses o semidioses; se trata de productos humanos que llevan a cuestas una historia particular, una serie de sucesos y por lo tanto de seres (duales), de una forma concreta de ver y entender el mundo en términos globales, de una forma específica de forma, de una lógica... que han sido y son apenas algunos de los múltiples productos generados por las sociedades humanas.

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